IA no es magia, ni sticker kawaii: es tu nueva esclava con doctorado
“Oye chat, ¿Cómo puedo enamorar a… “
Perdón, me distraje viendo cómo la IA te transforma en una mezcla entre guerrero medieval y modelo de shampoo.
Porque sí: para muchos, la inteligencia artificial es eso —una fábrica de selfies con fondo etéreo.
O peor aún, una bola de humo disruptivo para que los emprendedores digan que están “haciendo algo con IA” cuando en realidad están vendiendo Excel con esteroides.
Pero en GlucoMentor, la IA no hace ni arte digital ni pendejadas.
Hace trabajo pesado.
Hace lo que los humanos no pueden, no quieren o simplemente hacen mal porque están tratando de sobrevivir.
¿Y qué hace exactamente?
- Detecta patrones donde antes solo había caos.
- Compara comidas, horarios, niveles de glucosa y estados del tiempo para anticipar desastres metabólicos con más elegancia que un nutricionista con jet lag.
- Reconoce errores del usuario sin gritarle como un médico frustrado, y sugiere ajustes con una lógica más coherente que muchos protocolos institucionales.
- Y en fases futuras, va a ser capaz de predecir bajones y subidas con una precisión que no da likes, pero sí años de vida.
La IA no reemplaza a nadie. Multiplica capacidades.
Y si se la entrena bien, puede convertirse en un copiloto clínico que no bosteza, no se distrae, y no te responde “es que así es el sistema”.
Claro, hay que domarla. Alimentarla. Ponerle límites.
Porque si la dejas suelta, termina recomendando que te comas un pastel a las 2 a.m. “porque la tristeza es válida”.
GlucoMentor usa IA porque lo necesita.
Porque para acompañar la complejidad diaria de vivir con diabetes, se necesita más que buena voluntad y emojis con caritas felices.
Se necesita una mente fría que entienda variables, sepa cruzarlas, y tenga la decencia de decirte lo que nadie más te dice: «Esto no está funcionando, y aquí tienes por qué.»
Así que no: IA no es magia.
No es conciencia artificial.
No es tu novia pixelada.
Es tu asistente obsesiva-compulsiva con acceso a tus datos y cero paciencia para la paja emocional.
Y usada bien, puede salvarte el día. O al menos evitar que lo arruines tú solo.En GlucoMentor, le estamos dando órdenes.
Y hasta ahora, está obedeciendo.
Ya veremos cuánto tarda en pedir sindicato.
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Tingi ansiedid. Y otras formas elegantes de decir que soy una bomba con patas
Tingi ansiedid.
Lo dije como quien llora porque el iPad no carga.
Como quien quiere atención porque su latte está tibio.
Y sin embargo, sí: tengo ansiedad.
Una de verdad. De la que huele a hospital, sabe a hipoglucemia y suena como tu papá llorando en el coche mientras maneja para que no te mueras.
Mi ansiedad no es “porque el capitalismo me agobia”.
Es porque mi cuerpo viene con un historial clínico que haría llorar a House.
Diabetes tipo 1 desde los siete años, ceguera progresiva, una mandíbula de titanio que me hace sonar como villano de anime… y una necesidad casi suicida de cambiar el mundo yo solo, desde un cuarto, con WiFi que se corta cuando más lo necesito.
Pero no, no llores por mí, Argentina.
No soy víctima.
Soy el autor de esta tragicomedia donde todos los chistes son internos… porque, francamente, ya ni puedo verlos bien.
Tengo ansiedad, sí. Pero no porque me “importa la justicia social”.
Yo no me pierdo en debates sobre si Barbie es feminista o si los mapaches también merecen representación en los Oscars.
No tengo tiempo para eso.
Estoy demasiado ocupado intentando no morirme.
Y si me muero, al menos que sea construyendo una app que sirva de algo, no tuiteando sobre “sororidad fiscal”.
Mi perro —Benji— no es un guía.
Es un testigo.
Un bicho fiel que me acompaña como si supiera que su amo está tan averiado que el paseo diario es su única conexión cuerda con el mundo.
Y aún así, me mira como diciendo: “bro, mínimo avísame si vas a llorar en la banqueta para que no me avergüences”.
Pero volvamos a la ansiedad.
Esa compañera de cuarto que nunca paga renta, pero siempre te roba el sueño.
Que no necesita razón para aparecer. Le basta con un “¿y si GlucoMentor fracasa?”, un “¿y si me da otra baja?”, o simplemente recordar que, por más que logre algo, siempre seré “ese que tiene un cuerpo de Frankenstein y una vida de experimento”.
Y sí, me burlo. Porque es eso o gritarle al vacío.
Porque si me tomo en serio todo lo que me pasa, exploto.
Y aún no he encontrado una forma digna de limpiar entrañas de ansiedad en alfombra barata.
¿Quieres saber qué es ansiedad?
Ansiedad es tener que ser tu propio médico, ingeniero, motivador y community manager… todo mientras tu cuerpo se autodestruye con elegancia clínica.
Ansiedad es ver cómo el mundo celebra tonterías mientras tú te esfuerzas por construir algo que tal vez nadie use, pero que para ti significa no rendirte.
Y aún así, aquí estoy.
Escribiendo. Burlándome. Ardiendo.Porque aunque parezca que me odio, en el fondo, lo que estoy haciendo es mostrarme sin filtro para que otros puedan verse sin vergüenza.
Porque si tú también sientes que te estás pudriendo por dentro, pero igual das pelea…
Hola, Mi nombre es Fer Mavec y tingi ansiedid.
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Mi mayor reto con diabetes… morir de pie
Uno cree que los grandes retos con una enfermedad crónica son médicos. Técnicos. Bioquímicos.
Mantenerte en rango. No pasarte de carbohidratos. Pincharte sin odio.
Pero no. El verdadero reto, el más jodido, es otro: seguir aquí sin romperle el alma a los que te aman.
Tenía 17 años. Ya sabía convivir con la diabetes como quien convive con un secuestrador educado: te da ciertas libertades, pero nunca te suelta del todo.
Ese día estaba enfermo. Un resfriado, nada fuera de lo común. Mamá había salido a comprar la comida, papá trabajaba en otro cuarto.
Y yo… yo me estaba muriendo. Así, sin poesía. Como quien se apaga por dentro mientras afuera todo parece normal.
Mi papá entró al cuarto y lo que encontró no fue a su hijo: fue un cuerpo.
Frío, pálido, inmóvil.
Algo entre un cadáver y una advertencia.
No preguntó. Me cargó en brazos. Tomó las llaves. Me subió al coche como quien carga una bomba sin saber si ya explotó.
Y manejó.
Pero más que manejar, voló.
Yo lo veía a través de una niebla densa, un limbo entre el sueño, la hipoglucemia y la muerte que coquetea sin avisar.
Veía a mi papá bajarse en los semáforos, llorando, pidiendo a los autos que se apartaran, cruzando avenidas como si lo persiguiera el fin del mundo.
Y quizás sí lo hacía.
Y entonces pasó algo que no se olvida: vi a mi padre llorar.
No como adulto. No con dignidad ni control.
Llorar como un bebé. Con desespero, con sonidos que no tienen idioma.
¿Qué joven de 17 años tiene que presenciar eso? ¿Qué adolescente ve a su héroe derrumbarse por culpa de su cuerpo?
Ese día llegamos al hospital. Me estabilizaron. Viví.
Como otras veces. Como muchas más que vendrían.
Pero algo cambió.
Ahí entendí que vivir con diabetes no es solo sobrevivir.
Es no permitir que tus seres queridos se destruyan cada vez que tú estás al borde.
Ese es mi verdadero reto.
No la insulina. No el conteo de carbohidratos.
Sino el peso brutal de saber que si te caes, no solo caes tú.
Cae tu padre, tu madre, tu gente.
Cae su alma, su tiempo, sus noches sin dormir.
Ese día no me morí. Pero algo sí murió: la ilusión de que esto es solo tuyo.
La enfermedad es personal. El dolor, no. El dolor es colectivo. Y ese es el trato injusto que uno carga.
Desde entonces entendí que seguir vivo es también una forma de lealtad.
Que levantarte, aún cuando no quieres, es a veces más por los otros que por ti.
Y sí, podría rendirme. A veces quiero.
Pero entonces recuerdo ese llanto. Esa súplica muda de un padre con el volante en una mano y el miedo en la otra.
Y recuerdo que hay cosas que no se abandonan.
Ni en la peor bajada. Ni en la peor noche.
Mi mayor reto con diabetes no ha sido físico.
Ha sido emocional. Espiritual. Humano.
No defraudar a los que me cargaron cuando yo ya no podía.
No permitir que su dolor haya sido en vano.
No rendirme. No por optimismo.
Por lealtad.
Por memoria.
Por ese llanto.
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Crear a Ciegas
Todo esto empezó sin plan de negocios, sin inversión semilla, sin cofounders con camisetas negras y frases tipo “fail fast”.
Empezó en un cuarto. Oscuro. Silencioso.
Con un cuerpo que lleva 31 años lidiando con diabetes tipo 1, ceguera por retinopatía diabética, y una mandíbula reconstruida porque un tumor decidió que comer y hablar ya eran lujos.
No hay storytelling inspirador aquí. Hay necesidad. Cruda, directa, sin ornamentos.
GlucoMentor nació de eso.
No porque “vi una oportunidad en el mercado”. Porque me cansé de ver (antes de quedarme ciego, irónicamente) cómo nadie hacía lo que tenía que hacerse.
GlucoMentor aún no existe. Técnicamente. Está en pruebas, en ajustes, en ese purgatorio al que van las ideas cuando todavía no están listas para el mundo, pero el mundo ya las necesita.
No hay usuarios todavía. Solo testers por invitación.
Personas con diabetes, como yo, que entienden que vivir con esta condición no es un malestar, es una carrera de obstáculos disfrazada de rutina.
GlucoMentor no es una app para ciegos.
Es para personas con diabetes que están hartas de que todo lo que se diseña para “ayudarlos” venga con estrellitas motivacionales, gráficas indescifrables o consejos médicos que suenan más a regaño que a apoyo.
Quiero que esta app diga la verdad.
Que entienda lo que significa amanecer con 250 de glucosa porque cenaste tarde y dormiste mal.
Que no te felicite con emojis si estuviste en rango, sino que te diga: “oye, hoy lo lograste… con todo en contra”.
Quiero que sepa que la diabetes no se vive en los datos, se vive en los días. En el trabajo. En las decisiones pequeñas que nadie ve.
Y por eso, este blog.
No para hablar de métricas. Para hablar de realidad.
De cómo se construye algo así desde la soledad, el cansancio y el cuerpo al límite.
De lo que significa emprender cuando no tienes vista, pero sí claridad brutal sobre lo que está mal.
De lo que se siente dedicarle horas, días y semanas a un proyecto que tal vez muera. Tal vez nadie use. Tal vez no llegue.
O tal vez sí.
Este es mi diario de guerra.
No contra la diabetes —esa ya la peleo desde los siete años.
Sino contra la indiferencia. Contra la pereza de un sistema que se acostumbró al “así es”.
Contra la idea de que todo tiene que ser perfecto antes de empezar. Spoiler: nunca lo es.
GlucoMentor es todo o nada.
Porque yo no tengo más tiempo para esperar que alguien más lo haga.
Y si vas a apostar algo con el cuerpo como campo de batalla… más vale que sea por algo que valga la pena.
Soy Fer Mavec. Estoy ciego. Tengo diabetes. Y estoy construyendo algo que no existe…
…pero que podría —si todo sale bien— cambiar un pedazo del mundo.
Bienvenido al viaje.
Si te interesa saber más sobre GlucoMentor y formar parte de los primeros usuarios de prueba, manda un correo a fer@glucomentor.io
Soy Fer Mavec. Tengo diabetes, no paciencia. Y este blog no es terapia, es resistencia
Soy Fer Mavec. Mexicano, ingeniero, inventor de soluciones tecnológicas… y, desde hace años, portador oficial de una enfermedad crónica y una impaciencia terminal con todo lo que se hace mal en salud, educación e innovación.
Tengo diabetes tipo 1. Eso significa que mi páncreas decidió jubilarse antes de tiempo y yo tuve que aprender a hacer su chamba. A diario. Sin error. Sin descanso.
Vivir con diabetes en México no es solo pincharse los dedos o contar carbohidratos: es jugar a ser médico, nutricionista y contador sin haberlo pedido. Es lidiar con sistemas de salud diseñados más para archivar que para cuidar, con apps hechas por gente que no tiene idea de lo que es una hipoglucemia a las tres de la mañana.
Y claro, como si fuera poco, te piden que estés “motivado”, “agradecido” y que seas un “paciente empoderado”.
¿Empoderado? Hermano, si estoy aquí escribiendo esto, no es por empoderamiento, es por terquedad existencial.
Por eso empecé este blog. No para contar mi vida como novela melodramática, sino para diseccionar el desastre con bisturí afilado. Para decir lo que nadie quiere admitir en las juntas de innovación: que muchas soluciones están tan desconectadas de la realidad como un político en campaña.
Aquí vas a leer sobre Glucomentor, sí, la app que desarrollé como quien construye su propio paracaídas en plena caída libre.
No la hice por pasión ni por monetizar mi “experiencia vivida” como si fuera influencer de enfermedad. La hice porque me harté. Porque si el sistema no escucha, hay que gritar desde otro lado.
Y si además de medir glucosa, puedo medir el nivel de cinismo en la industria… mejor.
Pero también te voy a hablar de lo que aprendí hablando con pacientes que sobreviven con 900 pesos al mes en tiras reactivas; de escuelas que educan con PowerPoints de 2005 y esperan resultados del siglo XXI; de emprendedores que creen que el dolor se resuelve con UX bonito y pitchs con voz grave.
Soy mexicano, sí. De ese México que combina genio con precariedad, creatividad con desmadre, y donde lo informal a veces salva más que lo institucional. No soy un niño genio ni un caso de éxito con documental en Netflix.
Soy un tipo que codea con insulina en el cuerpo y escepticismo en el alma.
Que construye soluciones porque no le queda otra. Porque vivir ya es bastante difícil como para además tolerar aplicaciones inútiles y discursos baratos.
Este blog va de eso. De mirar al futuro sin ponerse lentes rosados.
De cuestionar los dogmas del emprendimiento, sin pedir permiso.
De entender que la tecnología, si no toca el suelo, es puro placebo digital.
Así que si tienes una enfermedad, una idea, un hartazgo o simplemente curiosidad por ver cómo se construye algo a pesar del sistema… bienvenido.
Esto no es inspiración. Es diagnóstico.
Y créeme: el pronóstico mejora cuando dejamos de mentirnos.
Soy Fer Mavec. Y no vine a motivarte. Vine a incomodarte hasta que hagas algo útil.
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