Un día típico con diabetes y ceguera
6:00 am.
Suena la alarma y no prendo la luz.
No por misticismo zen ni para ahorrar energía.
Simplemente porque… ¿en serio? ¿Para qué?
No ver es un gran ahorro energético, ambiental y emocional.
Además, la oscuridad ya viene integrada.
Saco a pasear a Benji, mi perro y compañero de ruta.
No guía, compañero. Porque si esperas que me guíe, acabamos los dos en el periférico.
A esta hora no hay coches, no hay ruido, no hay idiotas grabando TikToks a media acera.
Solo yo, Benji, y el oído funcionando como sonar de submarino mal calibrado.
Regreso. Preparo mi día.
Desayuno algo decente, más por disciplina que por ganas.
Pongo las noticias para enterarme de cómo planea destruir la 4T el país hoy.
A veces me pregunto si AMLO tiene un generador de caos aleatorio.
Hoy: cancelar algo útil. Mañana: enojarse con un país extranjero. Pasado: comparar a Benito Juárez con Iron Man.
Me pongo la insulina.
Para eso uso el celular con zoom nivel telescopio de la NASA, porque entre la ceguera y el diseño moderno de los números en las plumas, medir bien la dosis es como intentar operar una bomba con guantes de box.
Ejercicio en casa. Porque me gusta no morir atropellado.
El mundo exterior es una pista de obstáculos para los que vemos con el alma.
Además, no hay gimnasio que entienda lo que es tropezarte con un step y con tu propia frustración.
Luego viene el trabajo: codear.
Una actividad solitaria, técnica, mental… perfecta para alguien que ya vive como ermitaño con WiFi.
Pero sí, programo. Sin ver. Con lectores de pantalla, memoria muscular y un odio muy funcional hacia las interfaces mal hechas.
A las 2 como.
Siempre con el reloj en una mano y el sensor de glucosa en otra.
Comer con diabetes es como negociar con un cártel: todo puede salir bien… o te secuestran el páncreas.
Luego regreso a escribir, investigar, afinar ideas.
A las 4:30 Benji tiene su segunda salida express.
No porque no lo quiera, sino porque afuera ya hay ruido, coches, gente con audífonos, patinetas, niños gritando y otras amenazas para la estabilidad emocional.
Cierro el día con audiolibros, algún podcast sobre cómo mejorar productos o simplemente pensando en nuevas formas de hacer que GlucoMentor no sea solo una app… sino una puta navaja suiza contra la indiferencia clínica.
Y por la noche, para cerrar con elegancia, me aviento un capítulo de Daredevil.
Porque sí, hasta los ciegos necesitamos héroes.
Y si él puede madrearse a diez tipos sin ver, yo puedo al menos corregir un bug y sobrevivir otro día sin colapsar.
Así es un día típico.
Sin épica.
Sin música inspiradora.
Pero con algo que muchos no entienden: estructura. Lucha. Ternura de perro. Sarcasmo. Y sí, muchas ganas de seguir, aunque sea solo para ver cómo termina esta serie.Y si no veo cómo termina…
al menos que me lo cuente alguien que sepa hacerlo bien.
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¿Agorafobia? La importancia de la comunidad al construir algo
Confesión incómoda: yo no creo en la comunidad.
O al menos, no creía.
Siempre fui más de la escuela “hazlo tú mismo, no le debes nada a nadie, nadie vendrá a salvarte”.
Sí: la filosofía de la independencia radical. Del individuo como unidad sagrada.
La misma que te hace pensar que pedir ayuda es una debilidad, y que si te va mal, es tu culpa por no leer más libros de Naval Ravikant.
Spoiler: no es tan simple.
En la salud —y sobre todo en la enfermedad crónica— hay momentos donde tu libertad individual vale menos que una recomendación de TikTok.
Porque cuando tu cuerpo decide boicotearte, el heroísmo solitario se vuelve masturbación emocional.
Y créeme: no hay app que lo arregle si no hay otros ahí para levantar el desmadre contigo.
No estoy diciendo que ahora sea un hippie de fogata y abrazo gratuito.
Sigo creyendo en el mérito, la autonomía, el derecho a decir “no quiero compartir esto”.
Pero también aprendí —a putazos, claro— que hay cosas que solos no se sostienen.
Y que la salud, aunque se viva en primera persona, se sobrevive en comunidad.
No me refiero a colectivismos delirantes donde todos somos uno y nadie es responsable de nada.
Eso me da alergia.
Me refiero a la comunidad real.
La que te presta una tira reactiva cuando no tienes.
La que entiende que no puedes comer “lo que sea” en la fiesta y no te jode.
La que responde tu mensaje a las tres de la mañana cuando estás teniendo un bajón de glucosa y te sientes como un mueble mal conectado.
En GlucoMentor, por ejemplo, estamos empezando a ver eso:
Gente que no se conoce, pero que se apoya.
Personas que no comparten ideología, pero sí un cuerpo que amenaza todos los días con colapsar.
Y en ese espacio, sin discursos, sin banderas, sin discursos de marketing emocional…
…pasa algo profundamente humano: acompañar sin imponer.
No porque “la comunidad es amor”.
Sino porque, aunque seas el lobo solitario más hardcore, tarde o temprano te rompes.
Y cuando te rompes, más vale que haya alguien que sepa cómo recogerte.
Lo irónico es que ese tipo de comunidad no se construye con hashtags ni pancartas.
Se construye con presencia. Con honestidad.
Con gente que no te juzga por estar mal, ni te exige que finjas estar bien.
Y eso, aunque joda admitirlo, vale más que cualquier filosofía individualista llevada al extremo.
Porque el problema no es creer en uno mismo.
El problema es creer que eso basta.
¿Sabes cuándo me di cuenta?
Cuando, después de tanto insistir en hacerlo todo solo, alguien me dijo:
“Fer, no eres débil por necesitar ayuda. Eres un necio si crees que no la mereces.”
Me dolió. Y tenía razón.
Así que sí, sigo creyendo en el valor del individuo.
Pero aprendí que el que se aísla por orgullo, termina siendo libre… para colapsar en silencio.
La salud no es un deporte extremo.
Es una red.
Y por más que te encante andar sin arnés, más vale que haya alguien abajo.
Por si resbalas.
Por si dudas.
O por si simplemente ya no puedes más.La comunidad no te salva.
Pero te sostiene.
Y a veces, eso es más importante.
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Tengo miedo de fracasar. Y también de no intentarlo. Así que me jodo
Hablemos del miedo a fracasar.
Ese compañero fiel. Ese roomie emocional que nunca lava los trastes y vive rent free en tu pecho.
Muchos dicen que lo enfrentan con meditación, journaling, mindset positivo.
Yo me lo trago como si fuera tequila: sin sal, sin limón, y con el estómago vacío.
No lo enfrento.
Me cago de miedo.
Cada día. Cada línea de código. Cada prueba de GlucoMentor. Cada vez que alguien me pregunta “¿y cómo va tu app?”.
Tengo que contenerme para no contestar: “va… como una persona en llamas que aprendió a caminar sobre brasas mientras hace malabares con cuchillos y deudas.”
Porque fracasar no me da miedo por el fracaso en sí.
Me da miedo por la escena del fracaso.
Ya sabes: el silencio incómodo.
La mirada de lástima.
El “yo te dije” dicho con esa sonrisa pasivo-agresiva de quien nunca ha hecho nada, pero siempre tiene razón cuando tú caes.
Estrategias para lidiar con eso:
Cero.
No tengo técnicas de respiración.
No tengo mantras pegados en el espejo.
Lo que tengo es una combinación bastante funcional de ansiedad, desensibilización emocional y sentido del humor tan oscuro que si lo analizas bien, probablemente estoy llorando por dentro con cada chiste.
Lo que sí tengo es esto:
nada que perder.
Cuando ya te arrancaron la vista, te quitaron una parte del cuerpo y te dijeron más veces “vas a tener que adaptarte” que “feliz cumpleaños”, el miedo cambia de color.
No desaparece. Pero ya no paraliza.
Se vuelve como un jefe culero: lo odias, pero lo conoces tan bien que sabes cómo hacerle el mínimo indispensable para seguir en la nómina.
Así que cada que pienso: “¿y si GlucoMentor fracasa?”, la respuesta es:
“Pues sí, probablemente. Pero al menos no me rendí como los que se esconden detrás del perfeccionismo y nunca publican nada.”
¿Quieres saber cómo sigo adelante?
No porque crea que va a salir bien.
Sigo porque, honestamente, es lo único que tengo.
Y porque si ya estoy hecho mierda por dentro, al menos que esa mierda sirva para abonar algo.
Fracasar no me da miedo por mí.
Me da miedo por los otros: los que creen en esto.
Los que prueban la app. Los que están igual o peor.
Y eso es lo que me mantiene en movimiento. No la esperanza.
La responsabilidad.
Esa hija de puta que nunca te aplaude, pero siempre te empuja.
Así que sí, tengo miedo.
Pero también tengo rabia, una laptop, y un historial médico que grita “hazlo ya, cabrón, que no hay tiempo”.
Fracasar es casi seguro.
No intentarlo es imperdonable.
Y yo… al menos quiero fracasar de frente, con estilo, y dejando algo que valga la pena.
Aunque sea este texto.
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La soledad del emprendedor invisible: bienvenidos al club de los que aún no existen
Dicen que emprender es un camino solitario.
Mentira.
Emprender es un pueblo fantasma.
Un desierto donde caminas con la mochila llena de ideas, código, insomnio y Google Docs sin abrir…
…y no hay nadie.
Silencio.
La gente ama las historias de éxito.
La app que “revolucionó todo”. El proyecto que “transformó vidas”.
Pero nadie quiere hablar del proceso anterior: ese purgatorio donde no tienes producto terminado, ni usuarios, ni prensa, ni premios, ni palmaditas.
Solo ganas. Y una sospecha incómoda de que quizá estás haciendo todo mal.
Bienvenidos a la soledad del emprendedor invisible.
Ese que trabaja cada día en una idea que aún no existe.
Ese que construye sin saber si alguien más, algún día, va a darle clic.
No hay likes.
No hay feedback.
Apenas y hay batería.
Y claro, siempre hay alguien que te dice: “Lo importante es creer en ti”.
Hermoso. Gracias, coach emocional.
¿Quieres también pagar el hosting?
Trabajar en algo que nadie conoce todavía es como gritar en una cueva con eco lento.
Las ideas rebotan. Se afinan. Se corrigen.
Pero el silencio sigue.
Y con él, la duda: ¿vale la pena esto que estoy haciendo? ¿O me estoy convirtiendo en un loco que le habla a un algoritmo imaginario?
Spoiler: no lo sabes.
Y eso es lo más jodido.
Porque no tener validación externa cuando estás lanzando algo es como caminar sin sombra.
Estás tú… y nada más.
Ni aplausos.
Ni críticas.
Ni “oye, se ve chido”.
Solo trabajo.
Invisibilidad.
Y un perro que te ve como diciendo: “hermano, mínimo sal a oler pasto”.
Lo curioso es que este silencio también es libertad.
Cuando nadie te ve, nadie te interrumpe.
Nadie te exige métricas, ni roadmaps, ni “pivotar”.
Puedes pensar. Puedes afinar.
Puedes construir algo que tenga sentido antes de que el mundo lo arruine con sus expectativas.
Pero no te confundas: la soledad no es romántica.
No hay velas. No hay paz.
Hay tensión muscular. Hay miedo. Hay días donde hasta la tostadora te juzga.
Y sin embargo, es necesaria.
Porque las ideas verdaderas no nacen en las luces del escenario.
Nacen en la trinchera.
En la noche silenciosa.
En la pantalla que parpadea.
En ese instante ridículo en el que, por quinta vez, piensas que esto no tiene sentido, pero igual sigues escribiendo.
Así se construye. Así se emprende.
Si estás ahí, en esa etapa sin testigos, sin prensa, sin “caso de éxito”, solo con tu proyecto y tu terquedad…
felicidades.No eres nadie.
Y eso, por ahora, es perfecto.
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IA no es magia, ni sticker kawaii: es tu nueva esclava con doctorado
“Oye chat, ¿Cómo puedo enamorar a… “
Perdón, me distraje viendo cómo la IA te transforma en una mezcla entre guerrero medieval y modelo de shampoo.
Porque sí: para muchos, la inteligencia artificial es eso —una fábrica de selfies con fondo etéreo.
O peor aún, una bola de humo disruptivo para que los emprendedores digan que están “haciendo algo con IA” cuando en realidad están vendiendo Excel con esteroides.
Pero en GlucoMentor, la IA no hace ni arte digital ni pendejadas.
Hace trabajo pesado.
Hace lo que los humanos no pueden, no quieren o simplemente hacen mal porque están tratando de sobrevivir.
¿Y qué hace exactamente?
- Detecta patrones donde antes solo había caos.
- Compara comidas, horarios, niveles de glucosa y estados del tiempo para anticipar desastres metabólicos con más elegancia que un nutricionista con jet lag.
- Reconoce errores del usuario sin gritarle como un médico frustrado, y sugiere ajustes con una lógica más coherente que muchos protocolos institucionales.
- Y en fases futuras, va a ser capaz de predecir bajones y subidas con una precisión que no da likes, pero sí años de vida.
La IA no reemplaza a nadie. Multiplica capacidades.
Y si se la entrena bien, puede convertirse en un copiloto clínico que no bosteza, no se distrae, y no te responde “es que así es el sistema”.
Claro, hay que domarla. Alimentarla. Ponerle límites.
Porque si la dejas suelta, termina recomendando que te comas un pastel a las 2 a.m. “porque la tristeza es válida”.
GlucoMentor usa IA porque lo necesita.
Porque para acompañar la complejidad diaria de vivir con diabetes, se necesita más que buena voluntad y emojis con caritas felices.
Se necesita una mente fría que entienda variables, sepa cruzarlas, y tenga la decencia de decirte lo que nadie más te dice: «Esto no está funcionando, y aquí tienes por qué.»
Así que no: IA no es magia.
No es conciencia artificial.
No es tu novia pixelada.
Es tu asistente obsesiva-compulsiva con acceso a tus datos y cero paciencia para la paja emocional.
Y usada bien, puede salvarte el día. O al menos evitar que lo arruines tú solo.En GlucoMentor, le estamos dando órdenes.
Y hasta ahora, está obedeciendo.
Ya veremos cuánto tarda en pedir sindicato.
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Mi mayor reto con diabetes… morir de pie
Uno cree que los grandes retos con una enfermedad crónica son médicos. Técnicos. Bioquímicos.
Mantenerte en rango. No pasarte de carbohidratos. Pincharte sin odio.
Pero no. El verdadero reto, el más jodido, es otro: seguir aquí sin romperle el alma a los que te aman.
Tenía 17 años. Ya sabía convivir con la diabetes como quien convive con un secuestrador educado: te da ciertas libertades, pero nunca te suelta del todo.
Ese día estaba enfermo. Un resfriado, nada fuera de lo común. Mamá había salido a comprar la comida, papá trabajaba en otro cuarto.
Y yo… yo me estaba muriendo. Así, sin poesía. Como quien se apaga por dentro mientras afuera todo parece normal.
Mi papá entró al cuarto y lo que encontró no fue a su hijo: fue un cuerpo.
Frío, pálido, inmóvil.
Algo entre un cadáver y una advertencia.
No preguntó. Me cargó en brazos. Tomó las llaves. Me subió al coche como quien carga una bomba sin saber si ya explotó.
Y manejó.
Pero más que manejar, voló.
Yo lo veía a través de una niebla densa, un limbo entre el sueño, la hipoglucemia y la muerte que coquetea sin avisar.
Veía a mi papá bajarse en los semáforos, llorando, pidiendo a los autos que se apartaran, cruzando avenidas como si lo persiguiera el fin del mundo.
Y quizás sí lo hacía.
Y entonces pasó algo que no se olvida: vi a mi padre llorar.
No como adulto. No con dignidad ni control.
Llorar como un bebé. Con desespero, con sonidos que no tienen idioma.
¿Qué joven de 17 años tiene que presenciar eso? ¿Qué adolescente ve a su héroe derrumbarse por culpa de su cuerpo?
Ese día llegamos al hospital. Me estabilizaron. Viví.
Como otras veces. Como muchas más que vendrían.
Pero algo cambió.
Ahí entendí que vivir con diabetes no es solo sobrevivir.
Es no permitir que tus seres queridos se destruyan cada vez que tú estás al borde.
Ese es mi verdadero reto.
No la insulina. No el conteo de carbohidratos.
Sino el peso brutal de saber que si te caes, no solo caes tú.
Cae tu padre, tu madre, tu gente.
Cae su alma, su tiempo, sus noches sin dormir.
Ese día no me morí. Pero algo sí murió: la ilusión de que esto es solo tuyo.
La enfermedad es personal. El dolor, no. El dolor es colectivo. Y ese es el trato injusto que uno carga.
Desde entonces entendí que seguir vivo es también una forma de lealtad.
Que levantarte, aún cuando no quieres, es a veces más por los otros que por ti.
Y sí, podría rendirme. A veces quiero.
Pero entonces recuerdo ese llanto. Esa súplica muda de un padre con el volante en una mano y el miedo en la otra.
Y recuerdo que hay cosas que no se abandonan.
Ni en la peor bajada. Ni en la peor noche.
Mi mayor reto con diabetes no ha sido físico.
Ha sido emocional. Espiritual. Humano.
No defraudar a los que me cargaron cuando yo ya no podía.
No permitir que su dolor haya sido en vano.
No rendirme. No por optimismo.
Por lealtad.
Por memoria.
Por ese llanto.
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Crear a Ciegas
Todo esto empezó sin plan de negocios, sin inversión semilla, sin cofounders con camisetas negras y frases tipo “fail fast”.
Empezó en un cuarto. Oscuro. Silencioso.
Con un cuerpo que lleva 31 años lidiando con diabetes tipo 1, ceguera por retinopatía diabética, y una mandíbula reconstruida porque un tumor decidió que comer y hablar ya eran lujos.
No hay storytelling inspirador aquí. Hay necesidad. Cruda, directa, sin ornamentos.
GlucoMentor nació de eso.
No porque “vi una oportunidad en el mercado”. Porque me cansé de ver (antes de quedarme ciego, irónicamente) cómo nadie hacía lo que tenía que hacerse.
GlucoMentor aún no existe. Técnicamente. Está en pruebas, en ajustes, en ese purgatorio al que van las ideas cuando todavía no están listas para el mundo, pero el mundo ya las necesita.
No hay usuarios todavía. Solo testers por invitación.
Personas con diabetes, como yo, que entienden que vivir con esta condición no es un malestar, es una carrera de obstáculos disfrazada de rutina.
GlucoMentor no es una app para ciegos.
Es para personas con diabetes que están hartas de que todo lo que se diseña para “ayudarlos” venga con estrellitas motivacionales, gráficas indescifrables o consejos médicos que suenan más a regaño que a apoyo.
Quiero que esta app diga la verdad.
Que entienda lo que significa amanecer con 250 de glucosa porque cenaste tarde y dormiste mal.
Que no te felicite con emojis si estuviste en rango, sino que te diga: “oye, hoy lo lograste… con todo en contra”.
Quiero que sepa que la diabetes no se vive en los datos, se vive en los días. En el trabajo. En las decisiones pequeñas que nadie ve.
Y por eso, este blog.
No para hablar de métricas. Para hablar de realidad.
De cómo se construye algo así desde la soledad, el cansancio y el cuerpo al límite.
De lo que significa emprender cuando no tienes vista, pero sí claridad brutal sobre lo que está mal.
De lo que se siente dedicarle horas, días y semanas a un proyecto que tal vez muera. Tal vez nadie use. Tal vez no llegue.
O tal vez sí.
Este es mi diario de guerra.
No contra la diabetes —esa ya la peleo desde los siete años.
Sino contra la indiferencia. Contra la pereza de un sistema que se acostumbró al “así es”.
Contra la idea de que todo tiene que ser perfecto antes de empezar. Spoiler: nunca lo es.
GlucoMentor es todo o nada.
Porque yo no tengo más tiempo para esperar que alguien más lo haga.
Y si vas a apostar algo con el cuerpo como campo de batalla… más vale que sea por algo que valga la pena.
Soy Fer Mavec. Estoy ciego. Tengo diabetes. Y estoy construyendo algo que no existe…
…pero que podría —si todo sale bien— cambiar un pedazo del mundo.
Bienvenido al viaje.
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